Y al terminar la consulta, el fuerte sonido de tambores se detuvo. El paciente, más consternado que aliviado salió apresuradamente con el rostro peor de cómo entró. Supongo que ver la cara pálida de quien está cuidando de tu salud tornarse verde y sudorosa tiene ese efecto. Sentía náusea, mi corazón se partió en dos y fue colocado en cada una de mis sienes, lancinante. Corrí al baño tambaleándome, sin reparar en el empujón que le proporcioné a Inés al pasar junto a la recepción. La feroz lucha del alimento en mi estómago que llevaba a cabo para salir de su escondrijo, no proporcionó más resultados que un par de arcadas. Al ver al espejo, ahí estaba otra vez, ella, tan seria, tan soberbia, tan imponente. –Buenas noches-, me dijo. Debí suponerlo, sólo a ella le encantan estas dramáticas entradas. Luego de despedir a Inés y de cancelar consultas excusando un malestar que me vino, hicimos el amor, como las otras veces. Al despedirse sólo me dijo, -El paciente tiene una alergia mortal a lo que le enviaste, sin embargo, dado tu desempeño de hoy, una leve urticaria no le concederá el placer de ser visitado por esta sumisa servidora, te lo acabas de ganar-, y su sonrisa irónica continuó un par de segundos al guardar silencio. Impotente, al subirme el pantalón sólo conteste: -Gracias-, mientras pensaba que después de todo, prostituirte con la muerte resulta una excelente combinación cuando eres médico.
Autor: JAPS
Los que nos quedamos en Omelas.
Hace 5 meses

